Kast prometió mando. Hoy gobierna con institucionalidad prestada.
A la nueva derecha chilena le gusta hablar como si gobernar fuera un problema de voluntad. Mandar, ordenar, corregir, limpiar. Pero el arranque del gobierno de José Antonio Kast ya mostró algo menos épico: antes de exhibir una obra propia, tuvo que afirmarse en la misma institucionalidad que su relato trató como estorbo.
Contraloría debió recordarle al gabinete obligaciones básicas de probidad, transparencia, lobby, patrimonio y prescindencia. El Ejecutivo retiró y revisó decretos heredados para reingresarlos corregidos. Reingresó el reglamento de adopciones después de una “revisión responsable”. Y cuando el alza de combustibles empezó a pasar la cuenta, terminó anunciando subsidio al gas y ayuda focalizada para parte de la pesca artesanal.
No son episodios sueltos. Son la radiografía de una contradicción más profunda: el gobierno que llegó dramatizando la emergencia necesita pedirle prestada gobernabilidad a una institucionalidad que no construyó.
Eso importa porque la retórica del kastismo no es decoración. Es una promesa de poder. Promete que el problema de Chile no era la complejidad de administrar un Estado, sino la falta de decisión para usarlo. En ese libreto, las reglas aparecen como freno, los contrapesos como lentitud y las mediaciones como excusas de una élite cobarde. Pero la administración real humilla rápido a quienes creen que gobernar consiste solo en llegar y mandar.
Ahí está Contraloría. Su instructivo no fue una formalidad jurídica cualquiera. Fue una escena política: un gobierno recién instalado, que se presenta como restaurador del orden, debió ser encuadrado preventivamente en deberes elementales de probidad y transparencia. La paradoja es precisa. La administración que habla en nombre de la seriedad necesitó que el órgano contralor le recordara la gramática mínima de esa seriedad.
La misma tensión aparece en la catarata de revisiones, retiros y reingresos. Se corrigen decretos, se reingresan reglamentos y se reciclan reformas ajenas porque la épica de campaña no produce por sí sola mayorías ni arquitectura. El retiro desde Contraloría de un decreto vinculado a la implementación de la Ley Karin, para revisarlo, reforzó ese patrón. No se trata de coleccionar contradicciones para Twitter. Se trata de leer una secuencia: el voluntarismo de campaña se vuelve dependencia institucional cuando toca gobernar.
Eso vale también para el frente económico y social. El gobierno quiso instalar una narrativa de realismo frente al alza de combustibles. Pero cuando el costo político subió, apareció la caja: subsidio al gas, ayuda focalizada para la pesca artesanal, correcciones destinadas a comprar tiempo. La clave no es negar que rectificó. La clave es entender qué revela esa rectificación. No vimos una administración aplicando con calma su programa. Vimos un gobierno reaccionando a una presión que no pudo absorber intacta.
El caso de la pesca es especialmente elocuente. Por un lado, se ofrece dinero para contener el daño inmediato. Por otro, se retira la nueva Ley de Pesca para su “perfeccionamiento”, congelando justamente la discusión estructural sobre acceso, reglas y distribución del poder en el sector. En castellano simple: se administra la urgencia con plata mientras se patea la arquitectura de fondo. Esa mezcla entre caja reactiva y postergación estructural dice bastante sobre cómo mira el país este gobierno.
Por eso la pregunta relevante no es si Kast cree o no en el Estado. Esa discusión ya es infantil. Todos los gobiernos creen en el Estado cuando lo necesitan. La pregunta seria es qué tipo de Estado aparece cuando el relato de autoridad choca con la administración real. Y lo que empieza a aparecer aquí no es un Estado ausente, sino uno instrumental: severo en el discurso, dependiente en la práctica, reactivo ante el costo político y selectivo en la protección.
La nueva derecha quiso presentarse como el fin de la vacilación. Pero la vacilación no desaparece: se rebautiza. Ya no se llama duda, sino revisión responsable. Ya no se llama negociación, sino perfeccionamiento. Ya no se llama corrección, sino ayuda focalizada. El lenguaje cambia para salvar la épica, pero la realidad permanece: gobernar sigue siendo administrar límites, corregir errores, comprar tiempo, contener daños y usar instituciones previas.
Dicho sin rodeos: Kast llegó prometiendo mando y está empezando a gobernar con muletas. No porque eso lo vuelva excepcionalmente débil, sino porque revela la fragilidad de una idea muy vieja: creer que la autoridad reemplaza a la institucionalidad. No la reemplaza. Apenas la dramatiza mientras la usa.
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